Cada vez que alguien nos abandona, nos deja un pequeño vacío que nadie puede, realmente, llenar aunque nos lo parezca. Este vacío es el que experimentó ayer el arte. No podía ser de otro modo.
Antoni Tàpies se marchó en silencio. Nos deja, sin embargo, un gran legado que habla por sí mismo.
Sus obras lo elevan a ser uno de los exponentes principales del informalismo - movimiento pictórico que alberga todas las tendencias abstractas y gestuales, desarrollado en Francia y en el resto de Europa tras la Segunda Guerra Mundial. No obstante, como creador impregnó de un estilo propio su producción en la que combinó tanto tradición como innovación dentro de un estilo abstracto cargado de simbolismo.

Su vocación como pintor se despertó tempranamente. Comenzó los estudios de derecho pero los abandonó en pro de su pasión por el arte. Recibió escasa formación sobre pintura en la Academia de Nolasc Valls. Fue un autodidacta acérrimo. Su primer estudio de pintura lo dispuso en Barcelona en 1946.
Hacia los años 70 su obra se tiñó de reivindicación catalanista y de oposición al régimen franquista con la presencia de palabras y signos en sus cuadros tales como las cuatro barras de la bandera catalana.

Su obra seguirá viva, estudiándose y conservándose con labores como la que realiza su fundación, exponiéndose en centros de arte, indagando en sus significados, en nuestro interior porque como él exponía lo que siempre pretendió fue dejar perplejo al espectador y hacerle reflexionar sobre lo que estaba viendo, sobre su sentido, sobre el sentido de la vida. Sin duda, lo consiguió. Nos ha dejado, pero nos ha dejado también mucho para no olvidarlo.
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